Hoy en día soy estudiante de la carrera de Biotecnología en la UBA, y aunque me apasiona y me da muchísima curiosidad la ciencia, la realidad es que el arte siempre formó parte de mi vida. Desde muy chica hice pintura y dibujo, inclusive tuve la oportunidad de exponer algunos de mis cuadros. Me encantaba bailar, y a día de hoy también me apasiona la lectura y la escritura.
Creo que, si algo estuvo siempre presente en mi vida, fue la necesidad de crear.
Y, curiosamente, casi todo lo que hacía también terminaba teniendo algo en común.
Las flores.
Siempre hubo algo en ellas que me fascinó. Sus formas, sus colores, lo distintas que podían ser unas de otras. Inconscientemente aparecían en mis dibujos, en mis pinturas y hasta en los márgenes de los cuadernos del colegio, simplemente siempre estaban ahí.
Hasta que llegó la primavera de la pandemia en el 2020.
Como a muchos, ese tiempo me obligó a frenar un poco. Pasaba muchísimo tiempo estudiando, encerrada en casa, y un día sentí que necesitaba volver a hacer algo simplemente por el placer de crear. Me acordé de lo que podía hacer con mis manos.
Sin haber hecho ningún curso, sin leer ninguna guía y sin saber muy bien por dónde empezar, mis papás me regalaron los primeros materiales. Empecé a experimentar, a equivocarme, a volver a intentar, y terminé encontrando una forma de unir todo lo que había estado presente en mi vida desde siempre; el arte y las flores.
Al principio era solamente un espacio para experimentar. Probaba técnicas, materiales y muchísimas flores. Algunas cosas salían bien, otras no. Pero cada intento me enseñaba algo nuevo y hacía que quisiera seguir aprendiendo, por lo que comencé a estudiarlas. Quería entender las flores más allá de su belleza, conocer sus ciclos, descubrir qué especies florecen en cada estación y aprender de toda la diversidad que nos ofrece la Argentina a lo largo de los 365 días del año.
Con el tiempo entendí que lo que más me emociona no termina cuando una pieza está lista. No era solamente preservar una flor, sino todo lo que esa flor representaba, ya que detrás de cada una hay una historia distinta. Un cumpleaños, un aniversario, una persona, un momento o simplemente un día feliz. Y pensar que podía formar parte de esos recuerdos era algo que nunca había imaginado cuando empecé.
"Cada pieza es diferente, porque cada flor también lo es. No hay dos flores iguales, al igual que las personas."
Con los años este proyecto fue creciendo muchísimo más de lo que alguna vez imaginé. Conocí personas increíbles y mis piezas hoy en día recorren no solo Argentina, sino distintos lugares del mundo entero. Pero si hay algo que nunca cambió desde aquel primer día, es la ilusión con la que hago cada pieza.
Porque, al final, esto nunca se trató solamente de hacer joyas. Se trató de encontrar una manera de conservar un pedacito de naturaleza y así no nos olvidemos de apreciar la belleza que nos ofrece el mundo.
Y creo que eso sigue siendo, hasta el día de hoy, la parte más linda de todo este camino.
Así que gracias, ¡y espero que disfruten de mi jardín de flores inmortales tanto como yo! <3
⋆₊˚⊹♡ᯓᡣ𐭩 Cami
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